Tres minutos de descanso

Como nadie tenía muy claro cuanto era el tiempo exacto del descanso, había siempre un momento en la clase en el que habían cuatro o cinco personas -las que no salían del aula ni para tomar el aire- hablando con el profesor. Natalie comentaba que la serie estaba muy bien, que era de las mejores que había en la televisión en ese momento. Por la expresión del profesor, no se sabía exactamente si es que no estaba de acuerdo ante tal aseveración o si no había visto la serie en su vida. Mariah dijo entonces que ella y su marido estaban muy enganchados.
- Nos enganchamos a la serie comprando el la primera temporada en DVD, y como no teníamos antena para la tele, cuando la terminamos, pagábamos cada miércoles 40 dólares para ir a la habitación de un hotel que estaba cerca de dónde vivíamos para ver la serie por el satélite, sólo por dos horas.
- ¿Y como que no tenías antena? -preguntó el profesor-
- Vivíamos en una autocaravana. Durante muchos años he vivido con mi marido en una autocaravana. Estuvimos un año haciendo un viaje por todo el país, hasta que nos quedamos sin dinero y estuvimos un año en la calle. Eso da para contar muchas historias.
- Desde luego.
- Si, cuando estás en la autocaravana tienes muchos problemas con el estacionamiento, hay un departamento de policía que se dedica específicamente a vigilar a los que viven en autocaravanas. Había un sitio, cerca de Playa del Rey, muy cerca de donde aterrizan los aviones del aeropuerto de LAX, en el que podías estar 30 días pero después debías irte por 24 horas.
- Debías conseguir unas cuantas multas.
- Algunas veces se podía negociar con los policías, pero sí, un par de multas si que nos llevamos. El problema de esto es que uno no puede ir a los barrios residenciales donde se siente más seguro, pero allí hay mucha vigilancia en cuanto al estacionamiento de las caravanas. Si uno va a barrios donde la policía está más preocupada por otras cosas, entonces uno debe de preocuparse de la gente que le rodea.
El resto de las alumnas escuchaban atentas a los relatos de Mariah, pues nunca hubieran adivinado que había vivido en la calle, y eso chocaba con sus prejuicios, pues estaba atendiendo una clase de literatura.
- ¿Y sigues viviendo en la autocaravana?
- No. La vendimos. Fue muy duro. A veces lo echamos de menos, vivir así. Pero mi hijo ahora está muy contento de ir a la escuela, y no quiere cambiar de estilo de vida. Tiene ya diez años.
- ¿Entonces ahora vivís en una casa?
- Bueno, no exactamente en una casa. En lo que llaman “Town-house”.
La mujer del curioso sombrero azul, Shila, entró en la clase y se hizo un grave silencio, como dando la conversación por terminada. El profesor miró las fotocopias que tenia en la mesa, justo delante de él, y propuso un ejercicio de escritura para los siguientes 15 ó 20 minutos.
Laia Vilaseca.

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