Zumo de naranja
Le pareció que la televisión estaba demasiado alta, y empezó a sentirse irritada. Tan sólo hacía treinta-y-nueve minutos que George había llegado del trabajo y su presencia ya empezaba a molestarla en demasía. Se sintió mal por ello, sólo durante un breve segundo, y después su intolerancia e intransigencia aumentaron de manera aún más considerable.Él, con los pies apoyados en el cristal de la mesa del salón, perdía infinitamente su mirada en la pantalla luminosa y colorida, fingiendo atención, mientras sorbía ruidosamente los pequeños tragos del vaso lleno de bourbon, no parecía notar la diferencia en el sabor.
Susan acabó de exprimir la última naranja, quizás con excesivo empeño y empleando más fuerza de la necesaria, y mientras cogía la cucharilla fría y plateada, añadiendo azúcar al vaso lleno de líquido naranja, decidió que no quería ir al cuarto. La experiencia le recordaba que cuando se sentía así, sin poder evitarlo ni compartirlo con nadie, encerrarse en la habitación no le causaba otra cosa que el aumento de su enojo y frustración, observando esas paredes de colores verdes apagados, que en otro tiempo le parecían confortables. Pero ahora solamente se sentía encerrada, atrapada entre cuatro paredes frías, llenas de lo que ya no era vigente, torturándola los retratos y pinturas que le parecían ahora de felicidad fingida, aún con la voz del televisor de fondo, como una pesadilla.
Así que Susan decidió subir a la terraza, después de debatirse entre ésta y el jardín.
Cogió enérgicamente el vaso de zumo y, sigilosamente abrió sin provocar el más mínimo ruido la puerta del horno, dónde metió la mano tanteando hasta que logró encontrar el paquete de cigarrillos en el fondo, concienzudamente escondido entre las dos bandejas. Lo metió en la bolsa de flores violetas, junto con la libreta, el bolígrafo y los Kleannex; y se dirigió hacia las escaleras sin volver a mirar hacia el salón, donde George seguía idénticamente sentado en el sillón de piel ocre.
Susan se fue calmando a medida que avanzaba por la escalera de caracol, primero el segundo piso, después la terraza. El televisor era ya a esas alturas, imperceptible y, como éste, la presencia de su marido.
Aún no había anochecido, y a través de una inusual niebla -que la rodeaba y la hizo sentirse confortablemente aislada en su torreón con hamacas, mesas y sillas de mimbre-, los débiles pero aun perceptibles rayos de sol que anuncian el fín del día, se posaron sobre ella, aliviando así su inquietud. La brisa fresca del anochecer ayudó también en esta cura terapéutica, y de esta manera se quedó Susan dormida en la hamaca, el zumo de naranja intacto y la libreta abierta, las páginas en blanco encima de su pecho.
Tardó un ahora y media en despertarse, encogida por el frío que la envolvía en la ya más absoluta noche. Embriagada aún por el sueño, y con el malestar inherente a todo despertar incómodo, Susan recogió pesadamente la libreta ahora caída en el suelo, y el zumo de naranja -evidentemente aún intacto-. Metió la libreta otra vez en el bolso de flores sin cambio alguno en sus páginas y entró en la casa. A medida que bajaba las escaleras fue recuperando paulatinamente la calidez en su blanca piel, en el salón el frío exterior había desaparecido ya completamente.
El televisor seguía encendido, el volumen más bajo ahora -o al menos, eso le pareció a ella-, y en el sofá se veía dibujada la figura inmóvil de George, estirado en el sofá, con el mando del televisor en la mano que le colgaba hasta rozar sus dedos el suelo cubierto por la alfombra roja de terciopelo.
Susan dejó el zumo en la nevera y se dirigió al dormitorio, dónde se desplomó aliviada en la amplia cama sin siquiera desvestirse.
by Laia Vilaseca.

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