Sobre la inmadurez y otros males

manzana1.jpgMucho he leído en estos años de post-adolescencia mía que no acaba de pasárseme, sobre la autodependencia, la personalidad, la autoestima y el desarrollo personal.Y aunque creo que todas estas abundantes y bienintencionadas lecturas me han ciertamente ayudado, uno no puede resolver el problema del todo hasta que “se da cuenta” (un término muy de Osho, o quizás de Bucay) de la situación e intenta cambiarla: esto es un hecho fehaciente.

Aplicándome el cuento, después de leer todo este material, he llegado a cierta conclusión: aunque el cambio está bien, aunque hay que esforzarse por metamorfosear ciertas conductas que en nada nos ayudan en nuestro bienestar, el tema principal de la cuestión es – yo creo en mi humilde opinión- la aceptación.

Lo cierto es que me puse de muy mal humor, cuando, ya hace unos cuatro o cinco años, mi psicóloga, (si, señores y señoras, he ido a una psicóloga durante un año, y no precisamente porque esté loca), me dijo algo así como que se deducía inmadurez de mis confesiones sesionarias entre pitillo y pitillo.

Prácticamente me ofendió que me llamara inmadura. Me sonó a mentira, puesto que casi siempre me he considerado una persona muy responsable desde mi más temprana edad, y el resultado de tan evidente silogismo (mis actitudes eran inmaduras, ergo yo era una inmadura) me incomodó profundamente.

Así que mi inconsciente (o subconsciente, porque una ya no sabe como referirse a ese espacio dónde los miedos, ilusiones e inputs difíciles de procesar se esconden vilmente, no sin de esta manera dejar de denotar su presencia), se ocupó de ello para que yo pudiera seguir con mi vida de neurótica tranquilamente.

Hasta el día de hoy; en el que me he dado cuenta, de que mi psicóloga no aludía con su afirmación a mi falta de responsabilidad. Porque una cosa no tiene necesariamente que ver con la otra.

Mi inmadurez, creo entender ahora,- después de una hora y media de sesión de cultura popular en la peluquería-, está más relacionada con el hecho de no aceptar ciertas cosas que suceden, o suelen suceder de una manera más o menos constante en la vida en general.

Me explico: creo que cuando mi comúnmente llamada loquera hablaba de inmadurez se refería a la idealización que puede que aún tenga del mundo. Esa que nos hace sentirnos confiados, felices, espontáneos e ingenuos cuando somos críos.

Esa que provoca nuestra frustración cuando nos damos cuenta de que las cosas no son siempre, o casi nunca, justas, y que por muchos esfuerzos que el héroe haga para superar los obstáculos, nadie le puede asegurar que eso sea suficiente para conseguir derrotar al malo y quedarse con la hermosa chica.

Aceptar esto, que no quiere decir que uno se conforme (las lecturas de Bucay siempre aportan algo), puede llegar a ser muy doloroso; ya que es considerablemente difícil mantener una postura positiva de la vida acompañada de una sonrisa siendo consciente de que ésta, en general, no suele ser justa. O por lo menos eso parece en los telediarios, y las calles de mi ciudad, ya no digamos en las calles de lo que apodamos, desde nuestra postura paternalista, el mundo subdesarrollado o también, tercer mundo. (¿Y el segundo?, me pregunto. ¡Si que debe de ser grande la distancia que nos separa si hay un mundo de por medio y no sabemos siquiera cual es!).

Personalmente yo aún no he decido si lo vida es justa. Me da que no, pero como me gustaría creer que sí, probablemente lo más sano sea para mi asumirlo como un “no siempre es justa”, que me gusta más y deja paso a cierta esperanza, sin la cual, yo por lo menos, encontraría tremendamente acongojante,- y acojonante también porque no- vivir. Maduramente, se entiende.

By Laia.


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