Life is more mystery than misery

(or at least, that's what I like to think)

Aceras

sidewalk01Tom anda, como es normal, cada mañana por la misma acera.

Sale del portal a las ocho y cuarenta y cinco, y anda por la acera.

Durante cuatro bloques de edificios Tom se desliza lentamente por la misma acera, hasta llegar al parque donde leerá el periódico sentado en el banco debajo del olmo.

De vuelta, vuelve también por la misma acera. Por supuesto hay otra acera al otro lado, pues la calle dónde vive es ancha, pero la otra acera no le parece transitable. Por la mañana no hay sol en la otra acera, y por la noche la ve menos iluminada y le parece más seguro andar por la suya.

Por la noche los escaparates de las tiendas de ropa, la peluquería y los restaurantes dibujan un pintoresco cuadro de luces de neón de distintos y chillones colores. Y la tienda de lámparas no repara en gastos, de manera que el escaparate del tercer bloque de edificios basta para iluminar la calle entera por unos cien metros.

A veces, en los días de lluvia encuentra un charco a medio camino, el mismo charco, de la misma anchura y la misma profundidad cada vez que llueve, y lo salta conociendo la distancia exactamente, o bordeándolo por la derecha de ida y por la izquierda de vuelta.

Tom no suele cruzarse con mucha gente, pues la ciudad es realmente extensa, y casi todos van en coche en sus desplazamientos. Pero Tom no es un hombre de ciudad. Tom es un hombre de barrio. Y con sus cuatro manzanas de extensión alrededor de su nido le sobra y le basta. Tiene todo lo que pueda necesitar en este pequeño radio de acción que conforma su mundo.

Un día de mayo, justo antes de llegar al parque, en uno de los bancos de la esquina, junto a la verde hierba, Tom conoció a Manuel.

Manuel llevaba una gorra verde oscurecida por el uso de muchos años. A su lado,  recostada en el banco, una mochila marrón de mediana capacidad pero llena hasta los topes, finalizaba su lista de pertenencias, junto con la sudadera verde y los tejanos azules, raídos y desgastados por el roce del gris y duro suelo de piedra.

Tom conoció a Manuel cuando éste se le acercó y le pidió un dólar, “para comprar un taco” –dijo-.

Mientras Tom sacaba el billete con la inscripción “In God we trust” encima de la pirámide y el ojo, Manuel le dijo que era de México, de Guanajato. Él era de “los Malditos” dijo.

Tom le preguntó entonces, en español, cuanto tiempo hacía que estaba en el país; y Manuel, mirando al infinito dijo que “él era muy viejo ya, que tenía más de 60 años”,-que de ninguna manera aparentaba-.

Mientras movía sus manos de piel oscura y curtida de un lado para otro, expresó su perplejidad al oír a Tom hablarle en ese otro idioma que le sugería una melancólica lejanía: “Usted pinta muy bonito, no pensé que hablara español. Habla distinto de todas maneras. ¿De dónde es usted?”.

Tom le explicó que sus padres eran españoles, y que aunque él había nacido en Los Ángeles sabía hablar el idioma e iba a visitar a su familia de vez en cuando a España.

“No pensé, no pensé…. usted es joven, y pinta bonito, parece de aquí, no parece que sepa hablar español”.

“Pues ya ve que lo hablo”.

“Usted es joven” -dijo con la mirada perdida-. ¿Conoce usted a Rocío?”

Tom repasó mentalmente cualquier persona con ese nombre que tuviera archivado en lo más profundo de su memoria. Quería decirle que si, que conocía Rocío.

“Rocío Durcal -su voz era dubitativa- ¿la cantante?”

“Sííí…”, -respondió entre aliviado y emocionado el hombre-, “la queremos mucho allí a la Rocio, hhhahhh”, y su mirada se perdió en el infinito mientras pronunciaba estas últimas palabras.

Para intentar sacarlo de ese trance, Tom exprimió al máximo su conocimiento sobre personajes conocidos mexicanos y dijo: “También conozco a Rafa Márquez, el jugador de fútbol, juega en el F.C Barcelona”.

“Ahhh, sí, Márquez…. Y el vasco Aguirre, ¿lo conoce a éste?”. “Oh, sí, se refiere el entrenador del Osasuna,  Javier Aguirre, sí, sí, sé quién es…”

Los recuerdos debieron abordar a Manuel, que empezaba a tener una mirada cristalina, fija en el horizonte que era la pared del videoclub en el otro lado de la acera.

“Quizás esté ya hablando de más”, -dijo en voz baja y tenue, como para si mismo- se me hace un trabalenguas en la mente… al recordar…. Usted es muy joven, está muy bonito… yo soy viejo ya…”, -y Manuel se puso la mano curtida y oscura en la garganta,  sus palabras débiles y temblorosas, anunciando sus ojos verdes unas lágrimas que no hubieran tardado mucho en brotar si no fuera porque él mismo cortó la conversación.

Así que Manuel se quitó su gorra verde, haciendo un ademán de reverencia, y le ofreció la mano a Tom, como quien cierra un pacto. Tom respondió estrechándola, dándose cuenta  de la presencia de un tacto mucho más cálido y suave de lo que había imaginado, sonriéndole a la vez que le guiñaba un ojo, a lo que Manuel respondió con el mismo gesto. Después, recolocándose la gorra verde en la cabeza y la mochila en la espalda, el hombre de “Los Malditos” retornó a su caminar, pausado y lentamente, esta vez menos errático, pues tenia un taco que conseguir.

Desde entonces, hace ya casi un año. Tom no ha vuelto a ver a Manuel. Pero cada día se acerca al banco junto al parque,  dónde lo conoció,  y deja un cuarto de dólar en una de las patas, donde estaba la mochila ese día, esperando que si algún día Manuel vuelve allí, no se encuentre del todo solo y desamparado en la acera.

Laia Vilaseca

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