Life is more mystery than misery

(or at least, that's what I like to think)

El desván

El altillo estaba lleno de polvo y cajas.

Y más cajas.

De cartón, de metal, de todas medidas y materiales, esparcidas por los pocos metros cuadrados que configuraban aquel desván de recuerdos.

Hacía quizás tres años que no subía allí. De vez en cuando se acordaba de todo lo que había, se acordaba de que había un espacio lleno de pasado que valía la pena explorar, y entonces le apetecía subir por la vieja escalera de madera, y espiar en las vidas de los que ya no estaban allí.

Pero nunca era ese el momento apropiado, siempre había otra cosa que hacer, o alguien reclamaba su atención inmediatamente, y entonces esa ilusión quedaba para el después, para el mañana, el cual al llegar, al hacerse presente, se transformaba en el ahora no puedo.

Así transcurrieron los años, hasta que otro testamento, el deseo escrito y firmado de alguien a quién quería y quién la quería, la obligó a salir de su rutina y encontrar por fin un momento para reunirse con todas esas cajas y baúles enterrados en el polvo, en ese lugar medio secreto situado entre el techo y el tejado de esa casa que hacía tres años que ya era suya.

Se había levantado a las diez -una hora más que razonable tratándose de un sábado-, y se había preparado un café con leche como único desayuno, mientras por los ventanales de la cocina los rayos cálidos del sol rebotaban en la  madera  blanquecina de la mesa.

Con la taza de cerámica verde en una mano y usando la otra para agarrarse como podía a la tambaleante y estrecha escalera de madera, Marcia subió al altillo resuelta a pasar allí el tiempo que hiciera falta hasta que encontrara la respuesta que estaba buscando.

Las cajas no estaban, ni por asomo, ordenadas de ninguna manera, así que calculó que le llevaría por lo menos un par de horas hacerse una idea de en cuáles podía encontrar las cartas.

En las estanterías habían algunos objetos sueltos, un par de marcos con fotos del abuelo en ellos, una copa plateada como trofeo de un torneo de fútbol del 43, y una figura desnuda de cerámica, de unos 30 centímetros, sospechosamente muy parecida a la abuela en sus años mozos; aunque el abuelo nunca había manifestado dotes de artista, eso era más bien cosa de la abuela. Quizás la había hecho ese hombre… ¿Cómo iba a hacérselo para encontrar rastro alguno de él en todo ese material acumulado tras noventa y cinco años de vida? ¿Cómo iba a reconocerlo, además, si lo había visto sólo durante media hora, y a los 80 años de edad? Se supone que él debía tener unos 25 cuando la abuela lo conoció, ¿cómo sabría si era él el que aparecía en las fotos?

Sería más fácil si encontrara alguna de las cartas, con su nombre escrito en ellas. Aunque quizás no era asunto suyo. ¿Quién era ella, al fin y al cabo, para cuestionarlo a él y a la abuela, más aún después de que ella misma lo mencionara en su testamento? Era evidente que él no mentía. ¿Sabría el abuelo, antes de morir, de su relación?

Pero, ¿qué relación? Quizás el tal Samuel no fue más que un amigo en momentos duros, quizás el mismo abuelo lo conocía y era un amigo de los dos.

Mientras pensaba todo esto, se dio cuenta de que la curiosidad la corroía, que el hecho de que el hombre no hubiera aceptado hablar con ella del tema había incendiado más que nunca en ella el deseo de entrometerse en el pasado, sospechando algo turbio, algo velado en esa relación. Y sabía, por supuesto que no era asunto suyo.

Y entonces se sintió mal porqué esa era la única motivación que había tenido durante todos esos años para subir al altillo. No para saber más de los abuelos, no para tocar los objetos y sentirse así más cerca de ellos, o ni siquiera para limpiarlo y mantenerlo decente como el legado que era.

Se sentó en medio de todas esas cajas, sorbiendo lentamente el café sin saber decidir qué debía o quería hacer. Se sintió realmente tentada a darse la vuelta, irse por donde había venido, y volver a la cálida cocina a desayunar como dios manda.

Hizo el ademán de irse, y cuando estaba ya apoyada en la escalera, dispuesta a bajar el primer peldaño se dijo: “Sólo una. Abro sólo una caja, y si no encuentro nada relacionado con esta historia la olvidaré para siempre”.

Así que Marcia se situó en el centro del altillo, su cabeza rozando el techo de madera, y recorrió con sus ojos verdes una por una todas las cajas, intentando notar algo especial en alguna de ellas. Pero notaba algo especial en cada una de ellas. Después las observó intentando adivinar su contenido en relación a la medida. Pensó que una caja mediana o más bien pequeña, era más susceptible de guardar documentos en su interior que una de las que le llegaban a la altura del pecho, que parecían pesadas, como si estuvieran llenas de cuadros y objetos diversos.

Había un par de cajas especialmente pequeñas, de no más de dos palmos de ancho por dos palmos de altura. Cogió la de la izquierda y abrió delicadamente la tapa, mientras se sentaba en el suelo con las piernas cruzadas.

Para su sorpresa, encontró otra caja más pequeña en su interior, y después otra aún más pequeña y otra… “como las muñecas rusas” -pensó-.

Finalmente abrió la caja más pequeña de todas, dónde encontró cubierto de algodón, un medallón de plata con la inscripción en cursiva “Tempus fugit, carpe diem”. Lo acarició suavemente con los dedos, y apretó ligeramente el botón que lo abrió, de manera que pudo ver una foto de la abuela y el abuelo, en blanco y negro, los dos muy jóvenes, abrazándose.

Lucía sonrió, relajada, y se guardó el medallón en el bolsillo. Volvió a colocar la caja donde estaba, y satisfecha, bajó por la escalera de madera hacía su acogedora cocina.

Laia Vilaseca.

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